Escucha al narrador mientras lees nuestro cuento :D


Un día como cualquier otro un joven se encontraba caminando por las calles mientras miraba al cielo, era un soñador, el cual fantaseaba con ser reconocido y digno de admiración, pero sabía que no tenía nada de especial, solo era uno más del montón.

Me encontraba caminando cabizbajo, pateando latas y resoplando constantemente, en ese momento, se me acercó un tipo corriendo y puso un objeto en mi mano mientras me empujaba para pasar. 

-¡Ya no puedo más! quédatelo, ¡quédatelo! - Gritó el hombre, desesperado.

Miré absorto mi mano, analizando detalladamente el pequeño y amarillo objeto, solo un lápiz normal y aburrido, tal vez fue mi sentir del momento, esa sensación inútil, fue como verme reflejado en ese lápiz. No sé por qué, pero me lo quedé.

Llegando a mi casa solo podía pensar en el acontecimiento extraño que me pasó ¿Qué maldades hizo este lápiz para que lo desecharan de esta manera? Debo haberlo mirado un buen rato pues me hizo recordar sobre el trabajo de lenguaje pendiente que tenía, rápidamente salí del trance y me puse a trabajar.

Nunca fui una persona imaginativa, mis palabras carecen de vida, atrapadas en la rutina de una mente reacia a abrazar la creatividad, algo saldría de la paporreta que escribiera. Al intentar escribir me di cuenta, yo no lo controlaba, al contrario, él me controlaba a mí.

-¿Cómo es posible esto? Este lápiz tan feo y usado no puede moverse solo, ¿acaso estoy loco?

A pesar del asombro me dejé llevar por el lápiz, cada palabra me dejaba más sorprendido, no era yo el de la mente brillante, era este pedazo de madera. Al terminar estaba satisfecho, presenté el cuento con la frente en alto a mi maestro, el cual estaba sorprendido por un trabajo tan bien escrito. Lo conmoví tanto que me invitó a participar de un concurso, era mi oportunidad de destacar y no la iba a desaprovechar, ese lápiz iba a ser mi pequeño ayudante. Por supuesto que con lo que presenté arrasé con la competencia, no tuvieron chance contra mí, hasta los jueces me pidieron consejos sobre sus escritos, era cuestión de tiempo para que se me conociera aún más.

Y, como lo predije, al poco tiempo me hice famoso, la escritura del lápiz era implacable, cautivaba a cualquier lector. Pero, quizás poco a poco iba perdiendo, si es que aún me quedaba, mi capacidad creativa, mi humanidad, me hacía dependiente de este objeto que antes pensaba pequeño e inútil, ahora ya no me imaginaba estar sin él.

-¿Has escuchado lo que dicen de mí? Las noticias dicen que puedo redactar un cuento al mes, ¡todos bestseller! A veces ni yo me la creo, soy tan bueno, mi talento es incomparable, no puedo creer que haga todo yo solo, no necesito ni editor.

Me engañaba, claro que no necesitaba editor si el lápiz hacía todo el trabajo, llegué a un punto donde ya no leía nada de lo que producía, solo confiaba ciegamente en este lápiz. Poco a poco nuestros roles se iban intercambiando, ya no era más mi ayudante, solo me había convertido en su portador, era un grillete que me volvía prisionero de su influencia, pero no batallaba contra esta.

Este éxito mundano me duró poco, pues un día apareció un nuevo libro en el mercado, pero no era como los otros, era igual al que estaba escribiendo. ¿Cómo era posible? sin siquiera publicarlo lo había copiado exactamente, una burda usurpación que enredaba mis pensamientos. Estaba atónito, pero más que nada, enojado.

- Fuiste tú, ¿verdad? Tú le contaste de mi nuevo éxito, lo peor de todo es que eres solo un maldito lápiz, no sé cómo estoy intentando hablar contigo.

No sabía a quién más culpar, entonces, quise seguir escribiendo un nuevo manuscrito y al día siguiente un autor diferente publicó uno igual a este, no sé si es que este asqueroso pedazo de madera había perdido su magia o si yo había perdido la cordura.

- ¿Ahora no quieres colaborar? No vas a hundirme así, invéntate algo o trabaja más rápido, pero dame algo original por el amor de Dios.

Con cada trazo errado mi paciencia se desvanece aún más, cada que este lápiz intenta crear algo nuevo alguien más me lo arrebata. Así que intento escribir algo por mi cuenta, pero fallo, no tengo ni una sola idea, solo pienso en qué haría este objeto, vuelvo intentar, pero de nuevo fallo, fallo y fallo. Y, el lápiz, testigo mudo de mi desesperación parece desafiar mi intento de plasmar la armonía que antes se desvanecían en sus minas.

¿Y qué creen? Se acabó su paciencia, en un ambiente lleno de estrés e inconformidad con sus escritos, su seguridad, así como rápido llegó, rápido se desvaneció.

Como estaba acostumbrado a ese mundo fácil, decidió nunca apartarse de él y hacerlo parte su cuerpo para no perder esa habilidad que le había conferido ese pedazo de madera. Puso su cabeza dentro de un casco, y ese casco tenía cables, y esos terminaban en una computadora que digitaba sus ideas y sueños, así nunca más tuvo que volver a pensar.


FIN